domingo, 24 de enero de 2010

Pampeana

Gracias Viejita

Ella es una persona afable, emotiva y dulce. De perfil bajo, buena esposa , aplicada en su casa, y muy paciente con sus 4 hijos.
En la casa siempre había algún desamparado, pariente o huérfano, nos hemos criado con 4 hermanos postizos...
La disciplina y el orden eran un poco rígidos, correspondiente a la época que viviamos (años 60-70), bastante austeridad pero sin pasar necesidades.
Muy deportistas todos, supongo para que descansara un poco , pués se apañaba sola con todo el quehacer doméstico.
Siempre tuvo un momento de dulzura para cada uno . Taparnos y el besito de buenas noches hijita.
Entre el ir y venir de gentes a casa, abuelos, tios lejanos que enfermaban y ella se ocupaba de acompañarlos, cuidarlos, dejando en nuestras manos lo que habiia que hacer en casa.
Nos enseñó a ser independientes, a valorar los esfuerzos que cada uno hacia, a respetarnos, alquna que otra vez un sacudón , pero luego el arrepentimiento con lágrimas y el pedido de disculpas.
Nunca se queja de nada, crecimos todos a la vez, pués somos todos seguiditos y cada uno tomó su rumbo.
Siempre nos defendió como leona, frente a los no del padre, autoritario, pero buena persona...éran muy jóvenes, se casaron a los 17 y 18 años...de alguna manera crecieron con nosotros.
Está presente en cada nacimiento , su presencia es un bálsamo protector, callada, eficaz, nunca opinó de nuestra vida agitada, militante, un poco caótica..siempre supo en qué andábamos cada uno, siempre nos apoyó incondicionalmente y los sigue haciendo.
Un dia le pregunté -Mamá ....has sido feliz en tu vida?? y su sabia respuesta -Claro ...conocí el amor, crié unos hijos sensibles y comprometidos. ..y no tendrán que reclamar nada , pués han hecho lo que cada uno quería..Todos son buenos en lo que hacen !!
Ahora que soy madre de un adolescente de 17 años (Yuri) ha sido criado con aquellos valores que se imprimieron en la primera infancia...
Muchas veces me he visto rígida , pero luego comprendí que era el temor.. supongo que a todos nos pasa...
Con respecto a mi madre...las personas que la conocen quedan prendadas, es la bondad personificada. ..muy creyente, cristiana hasta los tuétanos...pero renegada de la iglesia...coherente con su sentir.

Mamá es valiente, soportó estoicamente mis detenciones y el exilio, consiguió la manera de saber si estaba viva y donde me tenian... peleo con las Madres de Plaza de Mayo por la desaparición de sus hijos... a costa de correr riesgo su vida...en fin ....
Creo que hariamos lo mismo por nuestros hijos o amigos..
Esa es mi Madre....se llama Ramona y tiene hoy 74 años...

Pampeana

Samira

Vine al mundo en las altas montañas de Kirguistán, donde el aire es muy delgado y el cielo está muy cerca. El sol allí es enorme y la luna tan cercana que casi las puedes tocar. El cielo estrellado es mágico, seductor y fascinante, uno se pierde en las estrellas y se unifica con el universo.
La gente de Kirguistán eran nómada y son un pueblo muy unido a la naturaleza, y muy abiertos a la espiritualidad.
Aquí en Alemania la mayoría de la gente es muy racional, y describirían a los de Kirguistán como muy supersticiosos. Para nosotros (los de Kirguistán), muchas cosas como por ejemplo, nunca dormir con los pies en dirección a la puerta, nunca beber o comer de una vajilla saltada o trizada, nunca dejar que nadie pase por encima de ti mientras estés vivo etc., se da por entendido.
Me sucedió en Alemania varias veces, que en algún café me traían vajilla empañada. Y cada vez que esto ocurría yo pedía inmediatamente queme la cambiaran.
El domingo pasado viajé con el tren y éste estaba repleto. La gente estaba de pie y muchos sentados en los pasillos. Una joven mujer policía se sentó en el pasillo al lado del lavabo, estiró sus piernas y se puso a hablar por teléfono. Todo aquel que quería pasar por el pasillo tenía que pasar por encima de las piernas de la mujer, porque a ella no le interesaba para nada dejar libre el camino.
Me resulto muy difícil pasar por sobre ella, y estoy segura que mi madre no lo habría hecho.
Mi madre tiene un gran corazón y una fuerte conexión con Dios. Y no tuvo que hacer mucho para lograr esto, no como yo (no asistió a talleres, ni a clases, no leyó literatura erótica, etc.) Muchas de las cosas que hace surgen de forma espontánea desde lo más profundo de su ser.
Tiene una increíble compasión por todos los seres vivientes.
El pasado noviembre estuve de vacaciones donde mi madre y juntas vimos una película americana. En una de las escenas, un hombre llegaba a una casa abandonada en donde se supone había vivido mucho tiempo y donde había vivido una historia muy difícil.
Yo no vi nada particular en todo ello, cuando de pronto mi madre pega un grito: ¡Pero llévate el perro. Esta tan solito! Ella hablaba como si el actor de la película pudiese oírla…
Recién entonces vi a un perro abandonado en el fondo, al que no había visto antes, y mis ojos se llenaron de lágrimas, porque registré en mí el gran sentimiento de compasión de mi madre.
A menudo recuerdo esta situación y siento un gran amor por mi madre.
Cuando pequeña yo era muy apegada a mi padre y como la mayoría de las personas solo me oían hablar de mi padre, pensaban que yo no tenía madre. Después de la muerte de mi padre mi madre paso a primer plano, y me quedó claro lo poco que la conocía y que poco teníamos que ver la una con la otra.
Mi madre siempre estuvo quieta en el fondo, cocinaba para nosotros, llevaba la casa, siempre fue muy valiente, nunca se quejó de nada.
A sus 72 años tiene más fuerza vital que alguien de 30 años, está siempre en movimiento y se ríe mucho.
Nos enseñó, a nunca quejarnos de nada, confiar siempre que todo va a salir bien-eso se llama fe en Dios- agradecer por cada nuevo día y a tomar todo como viene.
Eso no tiene nada que ver con pasividad…
Entre nosotros, al despedirnos, se dice- Kudajyn golunga tapshyram- que significa: Te entrego a las manos de dios.
Cuando mi madre me lo dice a mí, cuando debo regresar a Alemania, a mis hijos; está segura que Dios me ama, me protege y me guía, donde quiera que yo esté, porque Dios está en todos lados.
Yo os entrego a VOSOTROS a las manos de Dios…

Ismene

El tiempo: Carmen y yo.

No pueden entenderse las relaciones que establecimos sin tener en cuenta el paisaje en que vivió, su época: fue el inicio del s/ XX en España, que vino con el caos y la esperanza, con la caída de un mundo y el comienzo de otro.

Con la fuerza del mundo antiguo, que se agarra a una vida que se escapa y la fuerza del germen de la República, nació Carmen. Proyectada a un futuro luminoso (única superviviente de hijos, nietos y sobrinos: la luz de todos), de educación sin trabas en el Ateneo Libertario y aspiraciones sin límites, se vio tomada enseguida, a los 13 años, por el gris del miedo y el negro mate de la guerra.

Y el conflicto también estaba dentro de ella porque, sin saber hacerlo de otra manera, para sobrevivir asumió las prohibiciones y la inhibición que impuso la dictadura, que establecía las normas y decretaba, colándose en su casa y en su vida por el miedo a la depuración y a la denuncia.

Con la guerra se cortaron sus estudios, pero no la vida y su intención, tan fuerte, que aspiró a superar dificultades: el asfixiante control dictatorial, la pobre economía, la difícil ambivalencia hacia una madre rígida y alterada por la violencia y el hambre sufridas. Pero ella encontraba siempre un asidero: su abuela, sus compañeras de trabajo, sus amigas.

Queriendo un horizonte más amplio, a los 30 años volvió a cambiar su vida. Pero de aquello que esperaba no hubo nada, porque sintió que entraba en un mundo más pequeño: solo un marido muy recto, su familia y, a los nueve meses, una muñeca llorona. Yo misma. A los dos años tenía dos hermanas, el chico vino cuando cumplí siete y el último, el del despiste, a los trece.

En nuestra casa, muchas tensiones: las nuestras y las propias de la época. Mucho trabajo, pocos recursos, cinco hijos y la casa…
Eso pasó cuando, aún joven y vital, se sintió encerrada en un callejón sin salida. Así que claro que hubo tensiones. Muchas. Y muy fuertes. Sobre todo porque ahí mi madre regañó con su vida.

Así fueron pasando los años: fuimos creciendo y ella contaminó nuestra vida.

Trasladaba las dificultades, pero era tan clara, tan fuerte la evidencia de su sufrimiento, que supimos que así no se vivía. Además, también nosotros llevamos su chispa. Con eso no pudo su desesperanza ni la soledad que sentía. Nos la traspasó y se expande desde su alegría y grita ¡libertad y vida!.

Entonces el presente se hizo pasado. Y fue llegando, por fin, un futuro que sí quería: los nietos. Y se ofreció, generosa, a ayudar con lo que tenía. Abrió su corazón con lo que la quedaba y lo expuso disponible y agradecida. Entonces presenció cómo algunos de sus hijos lo tomaban y otros ni siquiera lo veían.

El último día que la vi, en su casa, yo iba a una manifestación y sé que ahí conectó ella su pasado y el futuro que veía. Me vió como continuación de su padre; vió cómo la llama de la libertad que tanto amó seguía. Y pudo cambiar toda su existencia con esa mirada que reunía un siglo entero de vivencias.Y que se tornaba amable y la sonreía.

Entonces la sentí muy calma, muy tranquila, diciendo todo sin decirme nada, dejándome en herencia la certeza de un futuro que nada puede parar, que avanza sin límites. Que gana siempre, porque busca la vida.

Desde ese momento creo más…, y se lo agradezco a ella y a la experiencia que me transmitió su vida.

Ismene.

Karin

Stella Stellina, donde te has ido…
O La Vida de Mi Madre

Siempre la he amado y la amo aún hoy – los escasos momentos, en los cuales mi hermana, mi hermano y yo nos sentamos en la cocina con mi madre y ella nos cuenta historias de antes… En aquellos momentos me siento muy cercana y unida a mi madre. En esos momentos veo a esta pequeña mujer con otros ojos. Lo que veo es una mujer, que no lo tuvo fácil en la vida, que ha pasado por muchas cosas y ha soportado mucho sufrimiento. En esos momentos hay un profundo sentimiento compartido de compasión, de profunda comprensión y respeto por la vida, que cada una de nosotras eligió vivir.
En un país, donde sobreviven los fuertes y no hay sitio para los débiles, en un país, donde el sol abrasa por igual a la naturaleza, a los animales y a las personas, en un país donde la pobreza y el hambre son temas de todos los días, en este país nació mi madre en 1937. A cada paso se encuentra uno con impresionantes testimonios de una historia del arte y la cultura de más de 3000 años de antigüedad. Pero Sicilia no solo vivió la cultura de Occidente. Saltan a la vista incluso hoy en día las influencias orientales que han marcado a los sicilianos en muchos ámbitos de la vida. Sobre todo en lo que respecta a la familia y al papel del hombre.
Mi madre creció en un pueblo, al cual no llegaba ninguna información desde fuera. En aquellos tiempos no había coches, solo burros y caballos como medio de transporte. El trabajo era durísimo, el sol ardía sin piedad sobre las cabezas. Desde el amanecer, aún cuando no era lo suficientemente fuerte, era una niña, le tocaba ir a trabajar a los campos. Los zapatos eran un privilegio, del cual no gozaban todos los individuos. Mi madre vivía En Raddusa, una provincia de Catania. En un tiempo donde la superstición, la religión con su doble moral, el respeto, la “Vendetta” y solo los hombres tenían voz propia; para las mujeres con voz propia no había lugar. Los roles eran claros: el hombre ordena, la mujer obedece. El padre decide por la hija, y luego lo hace el marido.
La familia siciliana era y es sagrada. Mancillar su honor es un pecado mortal. Casarse, formar una nueva familia y mantener el honor de ésta es lo más importante en la vida, esa es la ley de la tradición, y con ello me crié.
Stela tenía 27 años cuando le presentaron a mi padre. Antes de eso nadie se había fijado en ella, porque no era compatible con el ideal de belleza de aquellos años. Era trabajadora y amistosa, sabia coser de maravilla y era muy diligente, pero en aquella época se era atractiva sobre todo si se tenía curvas de las cuales se pudieran agarrar los hombres. Pero mi madre no tenía nada “para agarrase”, era muy delgada, delicada, casi con cuerpo de chico. Así que no se lo pensó mucho, cuando por fin estuvo frente a su “Príncipe”. No le conocía, no sabía nada sobre él, salvo que trabajaba en Alemania y que tenía un bonito coche. Después de tres meses se casaron y se fueron de luna de miel. El viaje los llevó a Colonia. Ella, que nunca había visto el mar, que quedaba a 60 kilómetros de su pueblo, que no había salido nunca de Raddusa, se entregaba con el corazón lleno de miedo, excitación y alegría a este viaje al extranjero. Se había prometido, demostrarles a todos los que la habían despreciado, que era digna de todo aquello y estaba dispuesta a hacer cualquier sacrificio.
El comienzo de todo fue para ella un “infierno”. Mi padre tenía por aquel entonces un pequeño piso en Gleuel, un pueblito de Colonia. Aparte de la mesa y la cama, una silla y una cocinilla, no había nada más. No había electricidad, ni nevera, nada daba muestras de una cálida bienvenida. Y fuera de casa fue aún peor. Mi padre salía a trabajar por la mañana y regresaba por la noche. Ella estaba todo el día sola. Y como no hablaba ni una sola palabra en alemán, se sentía completamente aislada. Las actividades más sencillas como el ir a la compra eran verdaderos desafíos. Ella que estaba acostumbrada a charlas a diario con mucha gente, tener a la gran familia a su alrededor, ver entrar y salir de casa a vecinos y amigos, oír a los comerciantes ambulantes y su tarantela desde lejos, que exponían su surtido de mercaderías en plena calle – todo eso desapareció de un momento al otro y ella se quedó completamente sola.
La única salida, la única opción de poder rodearse de más gente, era ir a trabajar. Y cogió todo trabajo que se le presentó. Como cosedora en maquinas industriales, que la desesperaban, y en fabricas de todo tipo. Trabajo había de sobra en Alemania. Toda su existencia era trabajar. Estaba de la mañana a la tarde en la fábrica y luego continuaba trabajando en casa. Cocinar, lavar, limpiar, y coser eran parte de sus obligaciones. Cuando se, mudaron a Kalk (Colonia) se sintió mejor, allí vivían muchos sicilianos y un poco de “casa” lo hacia todo un poco más fácil. Poco tiempo después nací yo, en diciembre de 1965, tres años más tarde mi hermana y doce años después mi hermano pequeño.
Ella nunca se quejó, ni del el esforzado trabajo, ni de mi padre, quien regía sobre su “reino familiar” como un pequeño dictador. No consentía ninguna protesta de mi madre y menos de nosotros los niños. La obediencia incondicional era la orden del dia. Exigía respeto por parte de mi madre, y nosotros debíamos comportarnos respetuosamente con él.
El respeto mi padre se lo ganó a golpes e insultos. Por supuesto que hacia afuera debíamos parecer la familia perfecta y armónica. Incluso si poco antes dentro de casa había ardido el infierno, desde fuera nadie debía notarlo. De eso se encargaba mi madre, que nos rogaba que no le contásemos nada a nadie, lo que sucedía en nuestra familia. Eso no era incumbencia de nadie, y quademáse todo aquello sucedía, porque nos queríamos mucho.
Yo odiaba toda esa hipocresía. No podía con toda esa doble moral, y pronto me di cuenta que el sentido de mi vida no iba a ser pasar de una dictadura a otra. Quería ser libre e independiente, y durante mucho tiempo no entendí cómo mi madre pudo soportar todo aquello, por qué no se divorció de mi padre. Pero el miedo, la deshonra y el qué dirán fueron más fuertes que la tiranía a la que estuvo sometida día tras día. Por eso aguanto todo y se las arregló como pudo.
Durante mucho tiempo intenté pensar y actuar como ella lo había hecho, pero no pude. Quería ser de todo, menos como mi madre. Me rebelé y la convivencia se hizo insoportable, y con 16 años me fui de casa, a una casa de menores. Había deshonrado a la familia, y de un día para otro me encontraba sola, sin familia.
Fui excluida de mi familia, pero mi madre mostró la fuerza de su resistencia y valentía en silencio, ya que en secreto, siempre estuvo a mi lado.
Han pasado muchos años desde entonces. Hace mucho tiempo ya que me he reconciliado con mi familia. Estuve casada durante 16 años, me separé, soy madre de dos hijas maravillosas. Y cada vez, con mayor frecuencia, reconozco cualidades de mi madre en mi misma, las he heredado de ella. Ella irradia calidez, bondad y protección. Ríe a menudo, es solidaria y cocina de maravilla.
Soy una parte de ella, y si en la vida me he enfrentado a numerosos desafíos con valentía y sin perder la fe, se lo debo a ella, y me siento orgullosa de ello…