domingo, 24 de enero de 2010
Karin
Stella Stellina, donde te has ido…
O La Vida de Mi Madre
Siempre la he amado y la amo aún hoy – los escasos momentos, en los cuales mi hermana, mi hermano y yo nos sentamos en la cocina con mi madre y ella nos cuenta historias de antes… En aquellos momentos me siento muy cercana y unida a mi madre. En esos momentos veo a esta pequeña mujer con otros ojos. Lo que veo es una mujer, que no lo tuvo fácil en la vida, que ha pasado por muchas cosas y ha soportado mucho sufrimiento. En esos momentos hay un profundo sentimiento compartido de compasión, de profunda comprensión y respeto por la vida, que cada una de nosotras eligió vivir.
En un país, donde sobreviven los fuertes y no hay sitio para los débiles, en un país, donde el sol abrasa por igual a la naturaleza, a los animales y a las personas, en un país donde la pobreza y el hambre son temas de todos los días, en este país nació mi madre en 1937. A cada paso se encuentra uno con impresionantes testimonios de una historia del arte y la cultura de más de 3000 años de antigüedad. Pero Sicilia no solo vivió la cultura de Occidente. Saltan a la vista incluso hoy en día las influencias orientales que han marcado a los sicilianos en muchos ámbitos de la vida. Sobre todo en lo que respecta a la familia y al papel del hombre.
Mi madre creció en un pueblo, al cual no llegaba ninguna información desde fuera. En aquellos tiempos no había coches, solo burros y caballos como medio de transporte. El trabajo era durísimo, el sol ardía sin piedad sobre las cabezas. Desde el amanecer, aún cuando no era lo suficientemente fuerte, era una niña, le tocaba ir a trabajar a los campos. Los zapatos eran un privilegio, del cual no gozaban todos los individuos. Mi madre vivía En Raddusa, una provincia de Catania. En un tiempo donde la superstición, la religión con su doble moral, el respeto, la “Vendetta” y solo los hombres tenían voz propia; para las mujeres con voz propia no había lugar. Los roles eran claros: el hombre ordena, la mujer obedece. El padre decide por la hija, y luego lo hace el marido.
La familia siciliana era y es sagrada. Mancillar su honor es un pecado mortal. Casarse, formar una nueva familia y mantener el honor de ésta es lo más importante en la vida, esa es la ley de la tradición, y con ello me crié.
Stela tenía 27 años cuando le presentaron a mi padre. Antes de eso nadie se había fijado en ella, porque no era compatible con el ideal de belleza de aquellos años. Era trabajadora y amistosa, sabia coser de maravilla y era muy diligente, pero en aquella época se era atractiva sobre todo si se tenía curvas de las cuales se pudieran agarrar los hombres. Pero mi madre no tenía nada “para agarrase”, era muy delgada, delicada, casi con cuerpo de chico. Así que no se lo pensó mucho, cuando por fin estuvo frente a su “Príncipe”. No le conocía, no sabía nada sobre él, salvo que trabajaba en Alemania y que tenía un bonito coche. Después de tres meses se casaron y se fueron de luna de miel. El viaje los llevó a Colonia. Ella, que nunca había visto el mar, que quedaba a 60 kilómetros de su pueblo, que no había salido nunca de Raddusa, se entregaba con el corazón lleno de miedo, excitación y alegría a este viaje al extranjero. Se había prometido, demostrarles a todos los que la habían despreciado, que era digna de todo aquello y estaba dispuesta a hacer cualquier sacrificio.
El comienzo de todo fue para ella un “infierno”. Mi padre tenía por aquel entonces un pequeño piso en Gleuel, un pueblito de Colonia. Aparte de la mesa y la cama, una silla y una cocinilla, no había nada más. No había electricidad, ni nevera, nada daba muestras de una cálida bienvenida. Y fuera de casa fue aún peor. Mi padre salía a trabajar por la mañana y regresaba por la noche. Ella estaba todo el día sola. Y como no hablaba ni una sola palabra en alemán, se sentía completamente aislada. Las actividades más sencillas como el ir a la compra eran verdaderos desafíos. Ella que estaba acostumbrada a charlas a diario con mucha gente, tener a la gran familia a su alrededor, ver entrar y salir de casa a vecinos y amigos, oír a los comerciantes ambulantes y su tarantela desde lejos, que exponían su surtido de mercaderías en plena calle – todo eso desapareció de un momento al otro y ella se quedó completamente sola.
La única salida, la única opción de poder rodearse de más gente, era ir a trabajar. Y cogió todo trabajo que se le presentó. Como cosedora en maquinas industriales, que la desesperaban, y en fabricas de todo tipo. Trabajo había de sobra en Alemania. Toda su existencia era trabajar. Estaba de la mañana a la tarde en la fábrica y luego continuaba trabajando en casa. Cocinar, lavar, limpiar, y coser eran parte de sus obligaciones. Cuando se, mudaron a Kalk (Colonia) se sintió mejor, allí vivían muchos sicilianos y un poco de “casa” lo hacia todo un poco más fácil. Poco tiempo después nací yo, en diciembre de 1965, tres años más tarde mi hermana y doce años después mi hermano pequeño.
Ella nunca se quejó, ni del el esforzado trabajo, ni de mi padre, quien regía sobre su “reino familiar” como un pequeño dictador. No consentía ninguna protesta de mi madre y menos de nosotros los niños. La obediencia incondicional era la orden del dia. Exigía respeto por parte de mi madre, y nosotros debíamos comportarnos respetuosamente con él.
El respeto mi padre se lo ganó a golpes e insultos. Por supuesto que hacia afuera debíamos parecer la familia perfecta y armónica. Incluso si poco antes dentro de casa había ardido el infierno, desde fuera nadie debía notarlo. De eso se encargaba mi madre, que nos rogaba que no le contásemos nada a nadie, lo que sucedía en nuestra familia. Eso no era incumbencia de nadie, y quademáse todo aquello sucedía, porque nos queríamos mucho.
Yo odiaba toda esa hipocresía. No podía con toda esa doble moral, y pronto me di cuenta que el sentido de mi vida no iba a ser pasar de una dictadura a otra. Quería ser libre e independiente, y durante mucho tiempo no entendí cómo mi madre pudo soportar todo aquello, por qué no se divorció de mi padre. Pero el miedo, la deshonra y el qué dirán fueron más fuertes que la tiranía a la que estuvo sometida día tras día. Por eso aguanto todo y se las arregló como pudo.
Durante mucho tiempo intenté pensar y actuar como ella lo había hecho, pero no pude. Quería ser de todo, menos como mi madre. Me rebelé y la convivencia se hizo insoportable, y con 16 años me fui de casa, a una casa de menores. Había deshonrado a la familia, y de un día para otro me encontraba sola, sin familia.
Fui excluida de mi familia, pero mi madre mostró la fuerza de su resistencia y valentía en silencio, ya que en secreto, siempre estuvo a mi lado.
Han pasado muchos años desde entonces. Hace mucho tiempo ya que me he reconciliado con mi familia. Estuve casada durante 16 años, me separé, soy madre de dos hijas maravillosas. Y cada vez, con mayor frecuencia, reconozco cualidades de mi madre en mi misma, las he heredado de ella. Ella irradia calidez, bondad y protección. Ríe a menudo, es solidaria y cocina de maravilla.
Soy una parte de ella, y si en la vida me he enfrentado a numerosos desafíos con valentía y sin perder la fe, se lo debo a ella, y me siento orgullosa de ello…
O La Vida de Mi Madre
Siempre la he amado y la amo aún hoy – los escasos momentos, en los cuales mi hermana, mi hermano y yo nos sentamos en la cocina con mi madre y ella nos cuenta historias de antes… En aquellos momentos me siento muy cercana y unida a mi madre. En esos momentos veo a esta pequeña mujer con otros ojos. Lo que veo es una mujer, que no lo tuvo fácil en la vida, que ha pasado por muchas cosas y ha soportado mucho sufrimiento. En esos momentos hay un profundo sentimiento compartido de compasión, de profunda comprensión y respeto por la vida, que cada una de nosotras eligió vivir.
En un país, donde sobreviven los fuertes y no hay sitio para los débiles, en un país, donde el sol abrasa por igual a la naturaleza, a los animales y a las personas, en un país donde la pobreza y el hambre son temas de todos los días, en este país nació mi madre en 1937. A cada paso se encuentra uno con impresionantes testimonios de una historia del arte y la cultura de más de 3000 años de antigüedad. Pero Sicilia no solo vivió la cultura de Occidente. Saltan a la vista incluso hoy en día las influencias orientales que han marcado a los sicilianos en muchos ámbitos de la vida. Sobre todo en lo que respecta a la familia y al papel del hombre.
Mi madre creció en un pueblo, al cual no llegaba ninguna información desde fuera. En aquellos tiempos no había coches, solo burros y caballos como medio de transporte. El trabajo era durísimo, el sol ardía sin piedad sobre las cabezas. Desde el amanecer, aún cuando no era lo suficientemente fuerte, era una niña, le tocaba ir a trabajar a los campos. Los zapatos eran un privilegio, del cual no gozaban todos los individuos. Mi madre vivía En Raddusa, una provincia de Catania. En un tiempo donde la superstición, la religión con su doble moral, el respeto, la “Vendetta” y solo los hombres tenían voz propia; para las mujeres con voz propia no había lugar. Los roles eran claros: el hombre ordena, la mujer obedece. El padre decide por la hija, y luego lo hace el marido.
La familia siciliana era y es sagrada. Mancillar su honor es un pecado mortal. Casarse, formar una nueva familia y mantener el honor de ésta es lo más importante en la vida, esa es la ley de la tradición, y con ello me crié.
Stela tenía 27 años cuando le presentaron a mi padre. Antes de eso nadie se había fijado en ella, porque no era compatible con el ideal de belleza de aquellos años. Era trabajadora y amistosa, sabia coser de maravilla y era muy diligente, pero en aquella época se era atractiva sobre todo si se tenía curvas de las cuales se pudieran agarrar los hombres. Pero mi madre no tenía nada “para agarrase”, era muy delgada, delicada, casi con cuerpo de chico. Así que no se lo pensó mucho, cuando por fin estuvo frente a su “Príncipe”. No le conocía, no sabía nada sobre él, salvo que trabajaba en Alemania y que tenía un bonito coche. Después de tres meses se casaron y se fueron de luna de miel. El viaje los llevó a Colonia. Ella, que nunca había visto el mar, que quedaba a 60 kilómetros de su pueblo, que no había salido nunca de Raddusa, se entregaba con el corazón lleno de miedo, excitación y alegría a este viaje al extranjero. Se había prometido, demostrarles a todos los que la habían despreciado, que era digna de todo aquello y estaba dispuesta a hacer cualquier sacrificio.
El comienzo de todo fue para ella un “infierno”. Mi padre tenía por aquel entonces un pequeño piso en Gleuel, un pueblito de Colonia. Aparte de la mesa y la cama, una silla y una cocinilla, no había nada más. No había electricidad, ni nevera, nada daba muestras de una cálida bienvenida. Y fuera de casa fue aún peor. Mi padre salía a trabajar por la mañana y regresaba por la noche. Ella estaba todo el día sola. Y como no hablaba ni una sola palabra en alemán, se sentía completamente aislada. Las actividades más sencillas como el ir a la compra eran verdaderos desafíos. Ella que estaba acostumbrada a charlas a diario con mucha gente, tener a la gran familia a su alrededor, ver entrar y salir de casa a vecinos y amigos, oír a los comerciantes ambulantes y su tarantela desde lejos, que exponían su surtido de mercaderías en plena calle – todo eso desapareció de un momento al otro y ella se quedó completamente sola.
La única salida, la única opción de poder rodearse de más gente, era ir a trabajar. Y cogió todo trabajo que se le presentó. Como cosedora en maquinas industriales, que la desesperaban, y en fabricas de todo tipo. Trabajo había de sobra en Alemania. Toda su existencia era trabajar. Estaba de la mañana a la tarde en la fábrica y luego continuaba trabajando en casa. Cocinar, lavar, limpiar, y coser eran parte de sus obligaciones. Cuando se, mudaron a Kalk (Colonia) se sintió mejor, allí vivían muchos sicilianos y un poco de “casa” lo hacia todo un poco más fácil. Poco tiempo después nací yo, en diciembre de 1965, tres años más tarde mi hermana y doce años después mi hermano pequeño.
Ella nunca se quejó, ni del el esforzado trabajo, ni de mi padre, quien regía sobre su “reino familiar” como un pequeño dictador. No consentía ninguna protesta de mi madre y menos de nosotros los niños. La obediencia incondicional era la orden del dia. Exigía respeto por parte de mi madre, y nosotros debíamos comportarnos respetuosamente con él.
El respeto mi padre se lo ganó a golpes e insultos. Por supuesto que hacia afuera debíamos parecer la familia perfecta y armónica. Incluso si poco antes dentro de casa había ardido el infierno, desde fuera nadie debía notarlo. De eso se encargaba mi madre, que nos rogaba que no le contásemos nada a nadie, lo que sucedía en nuestra familia. Eso no era incumbencia de nadie, y quademáse todo aquello sucedía, porque nos queríamos mucho.
Yo odiaba toda esa hipocresía. No podía con toda esa doble moral, y pronto me di cuenta que el sentido de mi vida no iba a ser pasar de una dictadura a otra. Quería ser libre e independiente, y durante mucho tiempo no entendí cómo mi madre pudo soportar todo aquello, por qué no se divorció de mi padre. Pero el miedo, la deshonra y el qué dirán fueron más fuertes que la tiranía a la que estuvo sometida día tras día. Por eso aguanto todo y se las arregló como pudo.
Durante mucho tiempo intenté pensar y actuar como ella lo había hecho, pero no pude. Quería ser de todo, menos como mi madre. Me rebelé y la convivencia se hizo insoportable, y con 16 años me fui de casa, a una casa de menores. Había deshonrado a la familia, y de un día para otro me encontraba sola, sin familia.
Fui excluida de mi familia, pero mi madre mostró la fuerza de su resistencia y valentía en silencio, ya que en secreto, siempre estuvo a mi lado.
Han pasado muchos años desde entonces. Hace mucho tiempo ya que me he reconciliado con mi familia. Estuve casada durante 16 años, me separé, soy madre de dos hijas maravillosas. Y cada vez, con mayor frecuencia, reconozco cualidades de mi madre en mi misma, las he heredado de ella. Ella irradia calidez, bondad y protección. Ríe a menudo, es solidaria y cocina de maravilla.
Soy una parte de ella, y si en la vida me he enfrentado a numerosos desafíos con valentía y sin perder la fe, se lo debo a ella, y me siento orgullosa de ello…
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