domingo, 24 de enero de 2010
Samira
Vine al mundo en las altas montañas de Kirguistán, donde el aire es muy delgado y el cielo está muy cerca. El sol allí es enorme y la luna tan cercana que casi las puedes tocar. El cielo estrellado es mágico, seductor y fascinante, uno se pierde en las estrellas y se unifica con el universo.
La gente de Kirguistán eran nómada y son un pueblo muy unido a la naturaleza, y muy abiertos a la espiritualidad.
Aquí en Alemania la mayoría de la gente es muy racional, y describirían a los de Kirguistán como muy supersticiosos. Para nosotros (los de Kirguistán), muchas cosas como por ejemplo, nunca dormir con los pies en dirección a la puerta, nunca beber o comer de una vajilla saltada o trizada, nunca dejar que nadie pase por encima de ti mientras estés vivo etc., se da por entendido.
Me sucedió en Alemania varias veces, que en algún café me traían vajilla empañada. Y cada vez que esto ocurría yo pedía inmediatamente queme la cambiaran.
El domingo pasado viajé con el tren y éste estaba repleto. La gente estaba de pie y muchos sentados en los pasillos. Una joven mujer policía se sentó en el pasillo al lado del lavabo, estiró sus piernas y se puso a hablar por teléfono. Todo aquel que quería pasar por el pasillo tenía que pasar por encima de las piernas de la mujer, porque a ella no le interesaba para nada dejar libre el camino.
Me resulto muy difícil pasar por sobre ella, y estoy segura que mi madre no lo habría hecho.
Mi madre tiene un gran corazón y una fuerte conexión con Dios. Y no tuvo que hacer mucho para lograr esto, no como yo (no asistió a talleres, ni a clases, no leyó literatura erótica, etc.) Muchas de las cosas que hace surgen de forma espontánea desde lo más profundo de su ser.
Tiene una increíble compasión por todos los seres vivientes.
El pasado noviembre estuve de vacaciones donde mi madre y juntas vimos una película americana. En una de las escenas, un hombre llegaba a una casa abandonada en donde se supone había vivido mucho tiempo y donde había vivido una historia muy difícil.
Yo no vi nada particular en todo ello, cuando de pronto mi madre pega un grito: ¡Pero llévate el perro. Esta tan solito! Ella hablaba como si el actor de la película pudiese oírla…
Recién entonces vi a un perro abandonado en el fondo, al que no había visto antes, y mis ojos se llenaron de lágrimas, porque registré en mí el gran sentimiento de compasión de mi madre.
A menudo recuerdo esta situación y siento un gran amor por mi madre.
Cuando pequeña yo era muy apegada a mi padre y como la mayoría de las personas solo me oían hablar de mi padre, pensaban que yo no tenía madre. Después de la muerte de mi padre mi madre paso a primer plano, y me quedó claro lo poco que la conocía y que poco teníamos que ver la una con la otra.
Mi madre siempre estuvo quieta en el fondo, cocinaba para nosotros, llevaba la casa, siempre fue muy valiente, nunca se quejó de nada.
A sus 72 años tiene más fuerza vital que alguien de 30 años, está siempre en movimiento y se ríe mucho.
Nos enseñó, a nunca quejarnos de nada, confiar siempre que todo va a salir bien-eso se llama fe en Dios- agradecer por cada nuevo día y a tomar todo como viene.
Eso no tiene nada que ver con pasividad…
Entre nosotros, al despedirnos, se dice- Kudajyn golunga tapshyram- que significa: Te entrego a las manos de dios.
Cuando mi madre me lo dice a mí, cuando debo regresar a Alemania, a mis hijos; está segura que Dios me ama, me protege y me guía, donde quiera que yo esté, porque Dios está en todos lados.
Yo os entrego a VOSOTROS a las manos de Dios…
La gente de Kirguistán eran nómada y son un pueblo muy unido a la naturaleza, y muy abiertos a la espiritualidad.
Aquí en Alemania la mayoría de la gente es muy racional, y describirían a los de Kirguistán como muy supersticiosos. Para nosotros (los de Kirguistán), muchas cosas como por ejemplo, nunca dormir con los pies en dirección a la puerta, nunca beber o comer de una vajilla saltada o trizada, nunca dejar que nadie pase por encima de ti mientras estés vivo etc., se da por entendido.
Me sucedió en Alemania varias veces, que en algún café me traían vajilla empañada. Y cada vez que esto ocurría yo pedía inmediatamente queme la cambiaran.
El domingo pasado viajé con el tren y éste estaba repleto. La gente estaba de pie y muchos sentados en los pasillos. Una joven mujer policía se sentó en el pasillo al lado del lavabo, estiró sus piernas y se puso a hablar por teléfono. Todo aquel que quería pasar por el pasillo tenía que pasar por encima de las piernas de la mujer, porque a ella no le interesaba para nada dejar libre el camino.
Me resulto muy difícil pasar por sobre ella, y estoy segura que mi madre no lo habría hecho.
Mi madre tiene un gran corazón y una fuerte conexión con Dios. Y no tuvo que hacer mucho para lograr esto, no como yo (no asistió a talleres, ni a clases, no leyó literatura erótica, etc.) Muchas de las cosas que hace surgen de forma espontánea desde lo más profundo de su ser.
Tiene una increíble compasión por todos los seres vivientes.
El pasado noviembre estuve de vacaciones donde mi madre y juntas vimos una película americana. En una de las escenas, un hombre llegaba a una casa abandonada en donde se supone había vivido mucho tiempo y donde había vivido una historia muy difícil.
Yo no vi nada particular en todo ello, cuando de pronto mi madre pega un grito: ¡Pero llévate el perro. Esta tan solito! Ella hablaba como si el actor de la película pudiese oírla…
Recién entonces vi a un perro abandonado en el fondo, al que no había visto antes, y mis ojos se llenaron de lágrimas, porque registré en mí el gran sentimiento de compasión de mi madre.
A menudo recuerdo esta situación y siento un gran amor por mi madre.
Cuando pequeña yo era muy apegada a mi padre y como la mayoría de las personas solo me oían hablar de mi padre, pensaban que yo no tenía madre. Después de la muerte de mi padre mi madre paso a primer plano, y me quedó claro lo poco que la conocía y que poco teníamos que ver la una con la otra.
Mi madre siempre estuvo quieta en el fondo, cocinaba para nosotros, llevaba la casa, siempre fue muy valiente, nunca se quejó de nada.
A sus 72 años tiene más fuerza vital que alguien de 30 años, está siempre en movimiento y se ríe mucho.
Nos enseñó, a nunca quejarnos de nada, confiar siempre que todo va a salir bien-eso se llama fe en Dios- agradecer por cada nuevo día y a tomar todo como viene.
Eso no tiene nada que ver con pasividad…
Entre nosotros, al despedirnos, se dice- Kudajyn golunga tapshyram- que significa: Te entrego a las manos de dios.
Cuando mi madre me lo dice a mí, cuando debo regresar a Alemania, a mis hijos; está segura que Dios me ama, me protege y me guía, donde quiera que yo esté, porque Dios está en todos lados.
Yo os entrego a VOSOTROS a las manos de Dios…
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