domingo, 24 de enero de 2010

Ismene

El tiempo: Carmen y yo.

No pueden entenderse las relaciones que establecimos sin tener en cuenta el paisaje en que vivió, su época: fue el inicio del s/ XX en España, que vino con el caos y la esperanza, con la caída de un mundo y el comienzo de otro.

Con la fuerza del mundo antiguo, que se agarra a una vida que se escapa y la fuerza del germen de la República, nació Carmen. Proyectada a un futuro luminoso (única superviviente de hijos, nietos y sobrinos: la luz de todos), de educación sin trabas en el Ateneo Libertario y aspiraciones sin límites, se vio tomada enseguida, a los 13 años, por el gris del miedo y el negro mate de la guerra.

Y el conflicto también estaba dentro de ella porque, sin saber hacerlo de otra manera, para sobrevivir asumió las prohibiciones y la inhibición que impuso la dictadura, que establecía las normas y decretaba, colándose en su casa y en su vida por el miedo a la depuración y a la denuncia.

Con la guerra se cortaron sus estudios, pero no la vida y su intención, tan fuerte, que aspiró a superar dificultades: el asfixiante control dictatorial, la pobre economía, la difícil ambivalencia hacia una madre rígida y alterada por la violencia y el hambre sufridas. Pero ella encontraba siempre un asidero: su abuela, sus compañeras de trabajo, sus amigas.

Queriendo un horizonte más amplio, a los 30 años volvió a cambiar su vida. Pero de aquello que esperaba no hubo nada, porque sintió que entraba en un mundo más pequeño: solo un marido muy recto, su familia y, a los nueve meses, una muñeca llorona. Yo misma. A los dos años tenía dos hermanas, el chico vino cuando cumplí siete y el último, el del despiste, a los trece.

En nuestra casa, muchas tensiones: las nuestras y las propias de la época. Mucho trabajo, pocos recursos, cinco hijos y la casa…
Eso pasó cuando, aún joven y vital, se sintió encerrada en un callejón sin salida. Así que claro que hubo tensiones. Muchas. Y muy fuertes. Sobre todo porque ahí mi madre regañó con su vida.

Así fueron pasando los años: fuimos creciendo y ella contaminó nuestra vida.

Trasladaba las dificultades, pero era tan clara, tan fuerte la evidencia de su sufrimiento, que supimos que así no se vivía. Además, también nosotros llevamos su chispa. Con eso no pudo su desesperanza ni la soledad que sentía. Nos la traspasó y se expande desde su alegría y grita ¡libertad y vida!.

Entonces el presente se hizo pasado. Y fue llegando, por fin, un futuro que sí quería: los nietos. Y se ofreció, generosa, a ayudar con lo que tenía. Abrió su corazón con lo que la quedaba y lo expuso disponible y agradecida. Entonces presenció cómo algunos de sus hijos lo tomaban y otros ni siquiera lo veían.

El último día que la vi, en su casa, yo iba a una manifestación y sé que ahí conectó ella su pasado y el futuro que veía. Me vió como continuación de su padre; vió cómo la llama de la libertad que tanto amó seguía. Y pudo cambiar toda su existencia con esa mirada que reunía un siglo entero de vivencias.Y que se tornaba amable y la sonreía.

Entonces la sentí muy calma, muy tranquila, diciendo todo sin decirme nada, dejándome en herencia la certeza de un futuro que nada puede parar, que avanza sin límites. Que gana siempre, porque busca la vida.

Desde ese momento creo más…, y se lo agradezco a ella y a la experiencia que me transmitió su vida.

Ismene.

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